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Ciudadanos que toman la electricidad en sus manos

Costa Rica posee un índice de electrificación de 99,4%. Las redes de distribución llegan a sitios recónditos, muchas veces para apenas iluminar unas cuatro o cinco casas.

Eso podría parecer bueno, pero no hay que confundir una política inclusiva con la falta de ordenamiento territorial, ya que este favorece la dispersión de los asentamientos humanos y puede llegar a propiciar la exclusión porque, al no limitar comunidades o barrios, se está restringiendo la prestación de otros servicios públicos como agua, educación o salud. Además, las personas podrían estarse asentando en terrenos no aptos, lo cual les pone en riesgo a desastres (inundaciones, deslizamientos, entre otros).

El Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), entidad pública que provee servicio eléctrico en este país centroamericano, lidia con esta realidad y procura brindar electricidad a la mayor cantidad de pobladores posibles. Aún así, en Costa Rica, existen “desconectados” a la red.

Lo que quizá ignoran los costarricenses es que el precio que paga el ICE por ello se mide en términos de desperdicio. En Costa Rica, esas pérdidas están calculadas en un 10,8%, según datos de la consultora Enerdata, para el 2013. En América Latina, esas pérdidas representan el 14,9%, y en el mundo, en promedio, el 8,1%.

Sí, hay que mejorar la cobertura eléctrica y el acceso, pero sin perjudicar la eficiencia energética. Las tres metas contempladas en el Decenio de la Energía Sostenible para Todos, en la Agenda 2030 y en el séptimo de los ODS, son patas de un mismo banco. Si alguna de las tres está coja, el asiento pierde estabilidad y la persona podría lastimarse si se cae de él.

En este sentido, y según IEA, el 55% de toda la energía debe ser generada por sistemas descentralizados, redes pequeñas y sistemas independientes. Esto si se quiere lograr la universalización de la electricidad.

 

“La energía generada de forma descentralizada, preferiblemente administrada por la comunidad, es la solución por excelencia para el ambicioso objetivo de Naciones Unidas”, señala Hivos en su informe “Un futuro verde por fuerza propia”.

 

La ventaja de los sistemas descentralizados es que dotan de poder de decisión a las comunidades para que estas determinen cómo quieren que sea su energía. Incluso, se podrían promover modelos de gobernanza más participativos y las personas, al sentirse incluidas y apropiarse del recurso energético, se encargarán del mantenimiento del sistema.

Si estos sistemas descentralizados apuestan por fuentes renovables, entonces los usuarios verán una reducción en la tarifa porque ya no se dependería de la compra de combustibles fósiles. Además, la calidad del aire mejoraría y se estarían liberando menos gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Para Hivos, los sistemas descentralizados son una manera en que las personas se convierten en productoras y no solo en consumidoras de energía. Eso, a fin de cuentas, dinamiza la economía local, ya que las personas de la comunidad se capacitan, emprenden negocios y emplean a los vecinos en ellos.

Además, existiendo acceso a la electricidad, llegan a la comunidad otro tipo de servicios como escuelas, centros de salud, farmacias y bancos, entre otros, los cuales no solo sirven a los vecinos a nivel de consumo sino también como potenciales empleadores.

 

“Gracias a la energía generada localmente, también aparecen farolas en los pueblos alejados, luz artificial en los centros comunitarios y computadoras en las escuelas. La radio, la televisión y los teléfonos móviles dejan entrar el mundo a las casas: son una ventana al mundo. La sanidad pública mejora gracias al agua potable, literalmente al alcance de la mano y, gracias a la luz artificial y la corriente, también por la noche los enfermos pueden recurrir a los centros de salud, donde las vacunas pueden ser refrigeradas y los instrumentos médicos esterilizados”, se lee en el informe de Hivos.

 

Pequeñas plantas hidroeléctricas, biodigestores de uso doméstico, calderas de biomasa o paneles solares son soluciones para asentamientos “desconectados” a la red nacional.

Ejemplo de ello es Chel, un alejado pueblo maya en Guatemala. Los vecinos fueron quienes construyeron una central hidroeléctrica a pequeña escala. Gracias a esa energía, la comunidad se desarrolló y ahora existen 60 microempresas en la comunidad e incluso un hotel.

En África, Indonesia y Camboya, Hivos en conjunto con organizaciones locales han promovido un modelo descentralizado basado en biodigestores y cocinas eficientes.

Las familias acumulan el estiércol de las vacas y cerdos en el biodigestor, al cual añaden agua. Cuando la materia orgánica se fermenta, produce un biogás que puede utilizarse en la cocina. Con ello, las mujeres ahorran tiempo y esfuerzo físico, ya que no tienen que caminar por horas para ir a recoger leña. Asimismo, al no quemarse leña, el aire dentro de la vivienda es más limpio y eso evita que los miembros de la familia se enfermen.

Ese biogás también sirve como fuente de iluminación, aminorando la dependencia hacia los combustibles fósiles, lo cual representa un ahorro económico para las familias.

Además, el estiércol que queda después de la fermentación sirve a su vez para fertilizar los campos, lo cual reduce la dependencia de agroquímicos que no solo liberan gases de efecto invernadero a la atmósfera sino también contaminan fuentes de agua y enferman a los campesinos.

En estos países, Hivos y sus aliados han capacitado a contratistas y albañiles de la comunidad para operar y dar mantenimiento a los biodigestores. Asimismo, se ha entrado en contacto con bancos e instituciones de microfinanzas para motivarles a brindar créditos tanto para empresas proveedoras del servicio como para las familias que quieran adquirir la tecnología.

En Tanzania, Hivos apoya a la organización TaTEDO en el desarrollo, venta y promoción de cocinas eficientes. Como las mujeres son las principales usuarias, los diseños parten de sus experiencias y sugerencias.

En el 2009, más de un millón de personas utilizaban este tipo de cocinas y más de 2.000 pequeños empresarios encontraron en ellas una oportunidad de negocio. TaTEDO asesora a estos contratistas en la construcción y mantenimiento de las cocinas.

En Perú, Hivos trabaja con una cooperativa de campesinos para utilizar la cáscara de café como combustible para su secadora.

Muchas de estas experiencias pueden replicarse en Centroamérica. De hecho, Hivos ya trabaja con la Alianza Centroamericana para la Sostenibilidad Energética (ACCESE), una red regional que reúne a 70 organizaciones no gubernamentales en pro de las energías renovables.

ACCESE busca incidir en las políticas nacionales e internacionales para promover el uso y producción de energía renovable con un fuerte enfoque en las mujeres y los grupos marginados. Al final, la meta es lograr el acceso universal a la energía, sea este dentro de la red o fuera de esta.

Por ello, las organizaciones promueven diversas tecnologías de energía verde e inclusiva como pequeñas centrales hidroeléctricas, paneles solares, riego solar, cocinas mejoradas de leña y plantaciones energéticas, cocinas solares, biogás doméstico, bicigeneradores y bicimáquinas. 

Fuentes consultadas