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El papel de la energía en el calentamiento global

Cuando se habla de la huella de carbono de la energía, esta contempla tanto al sector eléctrico como al transporte.

El sector eléctrico contribuye con el 35% de las emisiones de GEI a nivel global, seguido del agro con 24%, industria con 21%, transporte con 14% y vivienda con 6%.

Para el IPCC, la única forma de que la temperatura media del planeta no sobrepase los 2 °C es manteniendo la concentración de carbono en un máximo de 450 partes por millón (ppm) al año 2100 y esto solo será posible si se toman acciones prontas y a gran escala para conseguir un recorte de emisiones entre el 40% y el 70%.

¿Qué sector podría generar un impacto de ese calibre? Pues el eléctrico, el cual deberá abandonar la dependencia hacia los combustibles fósiles para dar paso a fuentes más eficientes y limpias como las renovables (hidroelectricidad, solar y eólica, entre otras).

Ya se han dado pasos para favorecer las fuentes renovables. Por ejemplo, en el 2013, la energía renovable cubrió el 22% de la demanda eléctrica del mundo, según el reporte REN 21. Sin embargo, ese porcentaje aún no es suficiente.

En este sentido, IPCC urge a los países a cuadruplicar el uso de energías limpias, ya que, de continuar el ritmo de consumo energético actual, la temperatura global podría incrementarse entre un 3,7 y 4,8 °C al 2100.

Pnuma coincide con el IPCC, y en su Informe sobre la disparidad en las emisiones 2014, las emisiones de GEI se han incrementado en más del 45% desde 1990. Para mantener la temperatura global por debajo de los 2 °C, las emisiones deben reducirse un 15% al 2030 y un 55% antes del 2050 para encaminarse a ser cero en el 2100.

La meta final deberá ser neutralizar por completo las emisiones. Eso quiere decir que los países deberán reducir sus emisiones al máximo y compensar aquellas que generen a esa fecha, esto más el cúmulo de GEI ya existente en la atmósfera.

“La neutralización de las emisiones de carbono, y finalmente la reducción a cero neto o la neutralidad climática, serán esenciales para que las emisiones acumulativas restantes sean absorbidas de forma segura por las infraestructuras del planeta como los bosques y el suelo”, indicó Adam Steiner, anterior director del Pnuma, en el momento en que se presentó el informe.

 

“Para lograr la descarbonización profunda no necesitamos gas natural y vehículos más eficientes, sino centrales productoras de electricidad totalmente no contaminantes y vehículos eléctricos cuyas baterías se carguen en la red de distribución de esas centrales”.

 

La cita proviene de un artículo publicado en medios de comunicación, que data del 2015, el cual está firmado por Jeffrey Sachs, director del Instituto de la Tierra y de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas; Guido Schmidt-Traub, director ejecutivo de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas; y Jim Williams, director del Proyecto Caminos para una Descarbonización Profunda.

Para Sachs, Schmidt-Traub y Williams, y en cuanto a electricidad se refiere, la humanidad necesita limitar sus emisiones a unos 50 gramos por kilovatio hora en el 2050. Actualmente se generan 500 gramos por kilovatio hora.

La ruta de la descarbonización, según estos tres autores, deberá estar basada en: 1) grandes avances en eficiencia energética, mediante el uso de materiales y sistemas inteligentes (basados en información); 2) electricidad totalmente no contaminante, a partir de las mejores opciones con que cuente cada país (eólica, solar, geotérmica, hídrica, nuclear y con captura y almacenamiento de carbono); 3) reemplazo de los motores de combustión interna por vehículos eléctricos, en conjunto con otros pasos hacia la electrificación o el uso de biocombustibles avanzados.

Para el IPCC, la humanidad podrá percibir otros beneficios cuando se mueva hacia un esquema basado en energías limpias.

Por ejemplo, se mejorará la calidad del aire con el consecuente impacto en la salud humana y se garantiza la disponibilidad de recursos naturales en el tiempo, lo cual se traducirá en una mayor seguridad energética.

Esto también conllevará un cambio en los patrones de comportamiento como sociedad, ya que se migrará hacia modelos de planificación y movilidad urbana más acordes a la eficiencia energética.

Asimismo se deben dar cambios en la dieta y evitar el desperdicio de alimentos por el alto gasto energético que esto conlleva. Eso se traduce en más salud y por tanto, menos incidencia de enfermedades desencadenadas por estilo de vida.