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No todos tenemos acceso a la electricidad

En Centroamérica, el porcentaje de electrificación pasó de 47% en el 2002 a 85% en el 2015. En términos de cobertura de los sistemas centralizados, esas son buenas noticias.

Sin embargo, aún teniendo una amplia cobertura, muchas personas carecen de acceso a la electricidad.

¿Qué se entiende por acceso? Se refiere a la disponibilidad física de servicios energéticos modernos para satisfacer necesidades básicas de cocción de alimentos, calefacción e iluminación, entre otros.

En este sentido, estos servicios deben ser seguros, fiables, sostenibles e idealmente estar basado en fuentes renovables para que su huella de carbono sea lo más baja posible. Además, estos servicios deben tener costos asequibles.

 

Según Naciones Unidas, un acceso óptimo a la energía se caracteriza por:

  • Disponibilidad: entendida esta como la presencia física de los recursos energéticos, lo cual contempla la distancia entre los puntos de producción y consumo. Lo anterior es particularmente significativo cuando un país importa recursos.
  • Asequibilidad: es un reflejo del precio de equilibrio del mercado pagado por los consumidores que permite que los productores cubran sus gastos u obtengan un beneficio razonable.
  • Fiabilidad: los suministros energéticos no deben estar sujetos a perturbaciones políticas o técnicas y sus vías de suministro no deben sufrir obstrucciones.
  • Sostenibilidad: se refiere a la disponibilidad a largo plazo de los recursos energéticos, lo que implica la distribución eficaz a lo largo del tiempo, la diversificación de los recursos o la transición a fuentes renovables.

 

En su informe del 2014, el Secretario General de Naciones Unidas argumentó que el acceso a la energía es fundamental para fortalecer las economías, lograr la equidad, erradicar la pobreza y lograr el desarrollo sostenible.

En el 2012, unos 1.100 millones de personas no contaban con acceso a electricidad. Actualmente, una de cada cinco personas no cuentan con este servicio energético.

Esa limitante atenta contra los derechos humanos de esas personas. Por ejemplo, ante la ausencia de sistemas modernos de electricidad, muchas familias se ven forzadas a utilizar leña. La combustión de biomasa genera material particulado dentro de las viviendas que las personas terminan respirando y este, al acumularse en el organismo, deriva en enfermedades cardiorrespiratorias.

De hecho, unos 2.900 millones de personas en el mundo no cuentan con tecnologías de cocción que sean limpias. La mayoría de estas personas viven en las zonas rurales de Asia, África y Latinoamérica.

En Centroamérica, ese número asciende a 20 millones de personas, quienes viven principalmente en Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), anualmente mueren 3,5 millones de personas debido a la contaminación del aire dentro de las casas de habitación. El 50% de las víctimas son niños menores de cinco años y en el rubro de los adultos, el 60% corresponde a mujeres.

Incluso, se reportan 4,3 millones de muertes prematuras debido a la contaminación del aire dentro de las viviendas.

En cuanto a productividad, la cocción con leña es económicamente poco eficiente. En las zonas rurales, y según ACCESE, las encargadas de conseguir la biomasa son las mujeres, quienes caminan entre uno y 10 kilómetros con una carga que pesa entre 10 y 38 kilogramos.

En promedio, las mujeres dedican cinco horas del día a recolectar la leña, prepararla, procesar los alimentos y preparar la comida.

Con tecnologías más limpias y eficientes, no solo se está cuidando la salud de la población así como el medio ambiente dado que la quema de leña produce el 3% de las emisiones globales de carbono, sino que se reduce la cantidad de tiempo que una persona dedica a una única tarea y esas horas que se ahorran podrían ocuparlas en otras actividades.

Asimismo, en cuanto acceso, existe una marcada diferencia entre zonas urbanas y rurales. Las segundas suelen estar excluidas de los servicios de electricidad y por tanto, también se ven limitadas a otro tipo de servicios públicos como acceso a agua potable, educación y salud. Además, estos hogares rurales es donde más se utiliza leña para cocinar.

Eso no quiere decir que en las ciudades no hayan personas sin acceso a electricidad. De hecho, entre 2010 y 2012, 222 millones de personas en el mundo, principalmente en zonas urbanas, tuvieron acceso a la electricidad por primera vez en su vida.

No solo se trata que el servicio esté disponible, como en el caso de las urbes, sino que la persona pueda pagarlo. Los precios de las tarifas energéticas es una de las mayores preocupaciones de los centroamericanos, ya que el incremento en la cuota afecta el resto de la cadena productiva, es decir, se encarecen otros bienes y servicios como los alimentos.

Un estudio de la consultora inglesa Move Hup, dado a conocer en marzo de 2016, ubicó a Honduras como el país latinoamericano donde el costo de la comida es más alto.

Según este estudio, los hondureños requieren el 100,54% del salario mínimo para adquirir los alimentos básicos, mientras que en Uruguay ese porcentaje es apenas 17,87%.

En Guatemala, al acabarse el subsidio estatal, la tarifa eléctrica se incrementó y ello obligó a reajustar el presupuesto familiar. Actualmente, los guatemaltecos deben destinar entre 25% y 35% del salario mínimo para pagar servicios energéticos como electricidad, gas para cocinar y gasolina o diésel para transporte.

La importación de combustibles fósiles también encarece la tarifa eléctrica, ya que ese costo se traslada al usuario. En cambio, las fuentes renovables gozan del privilegio de ser gratuitas. La inversión que hace el proveedor de electricidad es en tecnología y mantenimiento de esta, pero la materia prima viene de la naturaleza: agua, viento y sol.

Muchos sistemas centralizados de electricidad, al concebirse como negocio, dirigen su interés a aquellos usuarios que puedan pagar el servicio. Eso constituye otra limitante al acceso de aquellos cuyos recursos económicos no alcanzan para pagar la luz.

Si los sistemas centralizados siguen excluyendo a una parte de la población, ya sea por lejanía a los centros de producción eléctrica o porque los usuarios no cuentan con dinero suficiente para pagar las tarifas del servicio, entonces la solución está precisamente en los sistemas descentralizados para electrificación.

“Hemos visto que sistemas descentralizados de energía renovable, que son más resilientes y generan a menor escala, también permite a los consumidores convertirse en productores, lo cual dinamiza el desarrollo económico local”, señala Hivos en su informe “Un futuro verde por fuerza propia”.

 

Centroamérica cuenta con ejemplos de sistemas descentralizados. En Tarrazú, zona cafetalera de Costa Rica, la cooperativa de agricultores conocida como Coopetarrazú invirtió en turbinas eólicas así como un sistema de paneles solares para ser autosuficientes energéticamente en el beneficio cafetalero.

Esa electricidad se utiliza en las labores productivas, pero el excedente de esa generación se inyecta a la red de distribución de la cooperativa que provee el servicio eléctrico en la zona, lo cual dota de electricidad a 50 viviendas.

Ambas cooperativas negocian para que Coopesantos (proveedora de electricidad) le reconozca el aporte a Coopetarrazú y eso se refleje en una disminución de la tarifa.

Otro aspecto que atañe al acceso a la electricidad se relaciona a la fiabilidad del suministro. Como motor de desarrollo, la electricidad requiere ser constante y segura. Los cortes en la red eléctrica y los bajonazos de tensión comprometen esa fiabilidad.

 

“Cuanto mayor es el porcentaje de generación de energía eléctrica mediante fuentes de generación renovable sobre el total del consumo eléctrico, menor es el porcentaje de encuestados que señalan que los cortes son frecuentes”, destaca el informe “Voces emergentes: percepciones sobre la calidad de vida urbana en América Latina y el Caribe”, elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el cual compiló y estandarizó 25 encuestas de opinión pública llevadas a cabo de 2011 a 2014 en ciudades intermedias de América Latina y Caribe. El total de la muestra ascendió a 14,4 millones de personas.

 

De no tomar acciones en el corto plazo para mejorar el acceso a la energía, y según IEA, en el mundo existirán 1.200 millones de personas sin electricidad y 2.800 millones sin tecnologías de cocción limpias.

Fuentes consultadas