Energía verde e inclusiva

con el apoyo de

Salud

Uno de los beneficios básicos que nos brinda la electricidad es la facilidad de cocinar lo que comemos. La cocción esteriliza los alimentos y los hace más seguros para consumir porque el calor neutraliza las defensas naturales de productos agrícolas como la papa o los frijoles, lo cual evita que las personas se enfermen.

Si bien es cierto se puede cocinar echando mano de otras fuentes de energía como la leña, lo cierto es que el humo que se genera por la combustión de esta afecta a millones de personas causándoles enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

De hecho, y según Naciones Unidas, 4,3 millones de muertes prematuras -principalmente de niños y mujeres- se relacionan al humo tóxico que se desprende de cocinar con leña, desechos animales o carbón.

La electricidad también vino a solucionar el reto de preservar los alimentos. Antiguamente, la sal ayudaba a preservar principalmente las carnes. Posteriormente vinieron un tipo de cámaras -con forma de armario aislado con corcho- que utilizaban nieve o hielo para enfriar. La cámara funcionaba lo que tardaba el hielo o la nieve en derretirse.

El frío retarda el crecimiento de bacterias y otros patógenos que descomponen los alimentos. Poder contar con un sistema de enfriamiento revolucionó a las sociedades, ya que las familias podían contar con reservas alimenticias.

Después vinieron las refrigeradoras que incorporaron motores que utilizan electricidad y eso posibilitó mantener el enfriamiento de manera continua, sin depender del hielo o la nieve.

La refrigeración también posibilitó la conservación de medicamentos. Mantiene vacunas, muestras de sustancias y tejidos que facilitan el diagnóstico de padecimientos, así como la sangre que se utiliza en las transfusiones.

La electricidad también es crítica para brindar servicios de salud como las labores de parto.

En África y América Latina aún existen clínicas que atienden a sus pacientes a oscuras debido a la falta de electricidad. Para calentar el agua se utiliza leña, contaminando el aire del lugar donde una mujer está dando a luz su hijo.

Contar con luz para tener visibilidad durante el procedimiento, refrigeración para medicamentos, agua limpia y caliente que permita esterilizar los instrumentos puede ser determinante para la vida del niño y la madre. A eso súmele la posibilidad de contar con equipo médico, como incubadoras o monitores, así como dispositivos de comunicación al poder cargar los teléfonos móviles o contar con Internet para el envío de datos. Todas estas cosas se pueden tener si existe suministro eléctrico.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2010 y a nivel mundial, unas 287.000 mujeres murieron de complicaciones durante el embarazo y el parto. La mayoría de estas muertes pudieron haberse evitado mediante la prestación de servicios de salud de calidad.

Contrario a otros procedimientos médicos, la labor de parto no puede esperar a la mañana siguiente cuando la luz del sol alumbre la clínica.

La electricidad en las clínicas no solo es importante para atender partos sino todo tipo de emergencias que ingresan a un centro de salud. Se necesita energía para que los monitores de ritmo cardiaco funcionen, así como aquellos de rayos X y ultrasonido que ayudan a diagnosticar enfermedades.

El 58% de las clínicas en África Subsahariana no cuentan con electricidad. Con respecto a América Latina, no se dispone del dato.

Ante esta situación, algunas comunidades africanas han optado por soluciones energéticas descentralizadas. Por ejemplo, algunas clínicas en Uganda utilizan sistemas solares que brindan a los médicos y enfermeras luz para realizar procedimientos, comunicación por teléfono móvil y electricidad para poner a funcionar los equipos.

La electricidad también nos cura. La primera vez que se dio una descarga eléctrica con fines médicos fue al rey Luis XV en 1749. Pero fue hasta 1780 que el anatomista italiano Luigi Galvani descubrió que la corriente eléctrica activaba los nervios motores.

El científico alemán Johan Gottlob Kruger teorizó sobre el uso de la electricidad para la recuperación de miembros paralizados y  el físico estadounidense Edward Bancroft experimentó con descargas eléctricas como método terapéutico para tratar gota, dolor, parálisis, dolores de cabeza y fiebres.

Gracias al desfibrilador, muchas personas “volvieron a la vida”. Este aparato emite un impulso de corriente continua al corazón, lo que despolariza simultáneamente las células miocárdicas y de esta forma, el corazón retoma su ritmo eléctrico normal.

Actualmente, la electricidad provee de energía a los robots que asisten durante procedimientos quirúrgicos e incluso a las máquinas de respiración asistida en pacientes en coma.

Fuentes consultadas