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Uso de energía para fines eléctricos

El término energía cobija tanto a la electricidad como al transporte, ambas aristas están directamente relacionadas al crecimiento económico de un país, pero también al bienestar social y al medio ambiente. En otras palabras, la energía está ligada a la prosperidad.

En su informe de 2015, el entonces Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, señaló que el tema energético estaba relacionado a muchos de los retos que el mundo enfrenta actualmente.

Pecando de optimista, esa aseveración encierra una buena noticia: si los países logran resolver el dilema energético, privilegiando las energías renovables, apostando a una mayor eficiencia energética y mejorando tanto la cobertura como el acceso a recursos energéticos modernos tanto en transporte como en electricidad, se estaría avanzando grandemente en la solución de muchos de los retos en educación, salud y empleo, entre otros.

En el mundo existen 1.500 millones de personas que no tienen acceso a electricidad y 3.000 aún dependen de la leña para cocinar. En cuanto a eficiencia energética, se está 30% por debajo de lo requerido.

Si bien el porcentaje de electrificación en el mundo pasó de 83% en 2010 a 85% en 2012, el acceso a energía no proveniente de combustibles fósiles fue apenas de 58%.

El consumo de energía renovable creció levemente en el período 2010-2012, pasando de 17,8% a 18,1%. Este crecimiento se dio principalmente por la apuesta a renovables para la generación eléctrica, no así para calefacción y transporte.

En ese sentido, Naciones Unidas declaró el período comprendido entre 2014 y 2024 como el Decenio de la Energía Sostenible para Todos. El tema energético también está contemplado en la Agenda 2030 y en el séptimo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

 

Las metas, para el 2030, se resumen en estas tres:

  • Garantizar el acceso universal a servicios energéticos modernos.
  • Reducir la intensidad energética mundial en un 40%.
  • Incrementar el uso de la energía renovable a nivel mundial al 30%.

 

Esas metas competen tanto a electricidad como a transporte y el espíritu detrás de ellas es alcanzarlas todas de manera simultánea.

Visualizar matrices energéticas basadas en renovables está lejos de ser una idea descabellada. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), el mundo podría funcionar con matrices energéticas que estén compuestas entre 95% y 100% por renovables en el 2050.

Ahora bien, vale aclarar que es erróneo confundir la matriz energética de un país, que incluye electricidad y transporte, con su matriz eléctrica.

Por ejemplo, Costa Rica tiene una de las matrices eléctricas más limpias de la región porque genera su electricidad a partir de fuentes renovables como agua, viento y geotermia. Pero, cuando el análisis se centra en su matriz energética, se observa que el transporte es responsable de más de la mitad de las emisiones de carbono de este país centroamericano.

Sin embargo, el tema transporte no será analizado en esta guía. Esta se centrará en la energía con fines eléctricos, contemplando aspectos como composición de la matriz eléctrica, oferta y demanda de electricidad, cobertura y acceso.

Aunque sus matrices eléctricas sean mayoritariamente renovables y tengan una amplia cobertura, muchos países centroamericanos aún enfrentan retos en acceso.

Ejemplo de ello es Nicaragua, que aspira a una matriz eléctrica basada en 70% en fuentes renovables para 2018. Sin embargo, los usuarios aún ven limitado el acceso debido a una cuestión de encarecimiento de precios. Según el Banco Central de Nicaragua (BCN), entre enero y noviembre del 2015, los usuarios pagaron en promedio una tarifa 31,25% más cara que en 2006.

Aunque en la última década, en el mundo, la energía solar y eólica se han abaratado, los países requieren invertir aún más en estas fuentes renovables, diversificando su matriz para no depender solo de una, y contemplar la correspondiente transferencia tecnológica.

En Costa Rica, por ejemplo, la irradiación que recibe Guanacaste (provincia en el Pacífico Norte, colindando con Nicaragua) podría generar electricidad en el orden de 2.200 kilovatios al año, lo que vendría a representar el 7% en la matriz energética.

Sin embargo, este país produce menos de 0,1% de la electricidad a partir de la fuente solar y depende, en 75%, de hidroelectricidad.

Según IEA, citada en el informe del Secretario General de Naciones Unidas (2015), se requiere quintuplicar el capital para lograr el acceso universal a la electricidad en el mundo.

Eso implica pasar de invertir $9.000 millones como se hizo en 2010 a $45.000 millones anuales hasta 2030.

En lo que respecta a las soluciones modernas para cocinar, y así evitar que las personas dependan de la leña, IEA calculó que el capital para lograr el acceso universal en este aspecto debe multiplicarse por 44. Es decir, pasar de $100 millones en 2010 a $4.400 millones anuales hasta 2030.

Para duplicar la tasa de eficiencia energética, IEA arguye que es necesario cuadruplicar la inversión actual. Se requiere pasar de $130.000 millones en 2012 a una media anual de $560.000 millones hasta 2030.

Según el informe “REmap 2030: hoja de ruta para las energías renovables”, elaborado por la Agencia Internacional de Energías Renovables (Irena, por sus siglas en inglés), la inversión anual en energía renovable deberá ser $650.000 millones. En otras palabras, 2,5 veces más que el volumen de inversiones en 2012, solo de esta forma se podría duplicar la cuota de renovables.

En este sentido, la agencia de cooperación de los Países Bajos, más conocida como Hivos, insta a la banca internacional a poner un alto a las subvenciones para la energía fósil.

“En el mercado de energía global, el carbón y el petróleo disponen de una ventaja competitiva sin precedentes gracias a las inversiones y subvenciones dirigidas unilateralmente a las energías fósiles, lo que constituye un freno enorme para el crecimiento de la energía renovable”, señala la organización en su informe titulado “Un futuro verde por fuerza propia”.

 

Asimismo, Hivos impulsa la energía renovable para impulsar esquemas de baja escala y descentralizados que brindan un rol más activo a la ciudadanía tanto como consumidora y generadora de energía.